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AGUAS FUERTES

NOVELAS Y CUADROS

POR

ARMANDO PALACIO VALDÉS







MADRID
EST. TIP. DE RICARDO FÉ
Cedaceros, núm. 11

1884

Es propiedad.




ÍNDICE


El Retiro de Madrid:

I. _Mañanas de Junio y Julio_

II. _El Estanque grande_

III. _La Casa de Fieras_

IV. _El Paseo de los coches_

El Pájaro en la nieve (novela)

La Academia de Jurisprudencia

El Hombre de los patíbulos

La Confesión de un crimen

La Biblioteca Nacional

El Drama de las bambalinas

Lloviendo

El Paseo de Recoletos

_La Castellana_

Los Mosquitos líricos

El Ultimo bohemio

Los Amores de Clotilde (novela)

El Profesor León

El Sueño de un reo de muerte

La Abeja (periódico científico y literario)

Los Puritanos





EL RETIRO DE MADRID




I

MAÑANAS DE JUNIO Y JULIO


Entre las muchas cosas oportunas que puede ejecutar un vecino de Madrid
durante el mes de Junio, pocas lo serán tanto como el levantarse de
madrugada y dar un paseo por el Retiro. No ofrece duda que el madrugar
es una de aquellas acciones que imprimen carácter y comunican
superioridad. El lector que haya tenido arrestos para realizar este acto
humanitario, habrá observado en sí mismo cierta complacencia no exenta
de orgullo, una sensación deliciosa semejante a la que habrá
experimentado Aquíles después de arrastrar el cadáver de Héctor en
torno de las murallas de Ilión. El heroísmo presenta diversas formas
según las edades y los países, mas en el fondo siempre es idéntico.

Cuando madrugamos para ir a tomar chocolate malo al _restaurant_ del
Retiro, una voz secreta que habla en nuestro espíritu, nos regala con
plácemes y enhorabuenas. Nuestra personalidad adquiere mayor brío, nos
sentimos fuertes, nobles, serenos, admirables. Los barrenderos detienen
la escoba para mirarnos, y en sus ojos leemos estas o semejantes
palabras: «¡Así se hace! ¡Mueran los tumbones! ¡Usted es un hombre,
señorito!» Y en testimonio de admiración nos echan media arroba de polvo
en los pantalones.

El día que madrugamos no admitimos más jerarquías sociales que las
determinadas por el levantarse temprano o tarde. Todas las demás se
borran ante esta división trazada por la misma naturaleza. Los que
tropezamos paseando en el Retiro adquieren derecho a nuestra simpatía y
respeto; son colegas estimables que forman con nosotros una familia
aristocrática y privilegiada. A la vuelta, cuando encontramos a algún
amigo que sale de su casa frotándose los ojos, no podemos menos de
hablarle con un tonillo impertinente, que acusa nuestra incontestable
superioridad.

Pero no todo es tomar chocolate malo en el Retiro durante las mañanas de
Junio. Lo primero que hay que ver es al sol levantándose majestuoso por
encima del parque, al principio esparciendo una luz triste y blanca que
viene a besar fríamente el _Rege Carolo III_ de la puerta de Alcalá,
después otra rojiza y más alegre que tiñe los muros de las primeras
casas con que tropieza, finalmente la vívida, risueña y esplendorosa que
le caracteriza. El cortejo de nubecillas que le acompaña en su
ascensión, es de lo más gracioso y elegante que pueda verse. Todas ellas
van vestidas de un modo caprichoso y pintoresco, y ejecutan pasos de
gran dificultad y efecto en torno de su director. Los madrileños, sin
embargo, no son aficionados a esta clase de espectáculos. Prefieren ver
alzarse a la luna, disfrazada de queso, en el escenario del Teatro
Real, oportunamente evocada por los trinos solemnes de una
_mezzo-soprano_. Hay razón plausible para esto. El sol tiene el deber de
salir todos los días, haga frío o calor, al paso que la luna únicamente
cuando el Sr. Rovira lo considera oportuno. Si el sol no se prodigase
tanto y se hiciese pagar algo más, yo creo que tendría mucha mayor
reputación. Por ejemplo, haciendo tres o cuatro salidas cada año, y
anunciando los periódicos que «el más eminente de nuestros astros hará
su _debut_ el martes a primera hora y que todas las localidades están
vendidas con anticipación», se me ocurre que los revendedores de sillas
en el Retiro harían negocio redondo.

Después del sol, lo más notable que yo encuentro en el Retiro son las
modistas. Este respetabilísimo gremio, aún más bello que respetable, se
pone en contacto con la naturaleza al llegar el mes de Junio.
Impidiéndoles sus numerosos quehaceres ir a pasar una temporada a San
Sebastián o a Biarritz, y necesitando por fuerza dar alguna expansión a
los sentimientos poéticos de su alma, eligen nuestras hermosas
costureras el Retiro como campo de sus excursiones matinales. Los
árboles, los pájaros, las flores, cuando no son de papel, ofrecen sin
duda mayores atractivos. Nada hay que apetezca tanto una modista de
corazón como el estado primitivo conforme con la naturaleza. Durante el
invierno, su espíritu yace dormido mientras las manos trabajan afanosas
debajo de la lámpara de petróleo; mas al llegar el mes de Mayo, cuando
el cuerpo empieza a sentir calor, el alma también lo siente, despiertan
la égloga y el idilio, se sueña con verdes praderas esmaltadas de
flores, con arroyos bullidores y cristalinos, con grutas frescas y
sombrías y con hermosos zagales que aguardan en ellas la dulce
recompensa de sus rendidas instancias. Entonces la modista, como primera
manifestación de la influencia que ejercen sobre ella tales puras ideas
y tales visiones risueñas, se despoja del corsé; y si es de temperamento
verdaderamente apasionado y guarda en su corazón el mundo de tiernos e
inefables sentimientos que es de esperar, se queda con poca, con
poquísima ropa. Se levanta muy tempranito, y sin aguardar el _landau_,
toma el camino del Retiro en compañía de sus amigas predilectas y de
algunos menestrales distinguidos. ¡Qué fresca y qué risueña! ¡Cómo
brillan sus grandes y hermosos ojos negros! ¡Cómo palpita de alegría su
seno delicado! El grupo va dispuesto a olvidar por algunos instantes las
ridículas ceremonias sociales, los refinamientos empalagosos de la vida
madrileña, y volver en lo que cabe al estado natural. Al efecto marchan
todos bien provistos de los enseres y artefactos propios de una
civilización primitiva y que se supone han usado más comúnmente nuestros
primeros padres: aros, cuerdas, trompos, volantes, etc., etc. Nuestra
modista, según va llegando a la Arcadia municipal, adquiere mayor
desenvoltura, y en sus movimientos y ademanes adviértese la influencia
que ejercen sobre ella las ideas campestres. Charla, corre, ríe, salta,
grita, y se autoriza con sus compañeras las inocentes libertades que
acostumbran en los bosques las pastoras con los zagales; les tapa los
ojos con las manos, les da pellizcos, les quita el sombrero y les tira
por las narices de un modo sencillo, encantador, conforme en un todo con
las leyes de la naturaleza.

Así que entran en el parque y eligen un sitio a propósito, silencioso,
umbrío, embalsamado por las acacias, empiezan los juegos. La costurera
es un portento de gracia y habilidad en saltar la cuerda, tirar el
volante y chillar como una golondrina. ¡Qué linda está brincando y
haciendo carocas a los señoritos que acuden al reclamo de los chillidos!
El juego la vuelve a los días de su infancia, y en consecuencia se
sienta sobre las rodillas de sus compañeros y les ordena que le aten las
trenzas del cabello, sin pasársele por la mente que estas escenas
despiertan en los señoritos que las presencian ideas vituperables de
adquisición. Nadie diría al ver aquella gracia inocente y modesta, que
nuestra heroína ha corrido algunas borrascas en las berlinas de punto y
conoce los misterios de la calle de Panaderos tan bien como D. Antonio
San Martín. En ciertas ocasiones, rendida, jadeante, las mejillas
inflamadas, los ojos brillantes y el cabello desgreñado, la he visto
separarse del juego y tomar el brazo de algún zagal sietemesino con
guantes amarillos. La he visto seguir lentamente una calle solitaria de
árboles y perderse con él entre el follaje. ¿Iban tal vez en busca de
alguna gruta fresca y solitaria como aquella en que la esposa de Salomón
dejó olvidado su cuidado? No lo sé. En la vida del campo hay misterios
inefables que sería más grato que prudente el escrutar.




II

EL ESTANQUE GRANDE


Apenas se deja atrás la famosa puerta de Alcalá y se dan algunos pasos
por la calle de árboles que nos lleva a lo interior del Retiro, empieza
a refrescar el rostro un vientecillo ligero y húmedo, y con ínfulas de
marino. El corazón y los pulmones se dilatan, se cierran
involuntariamente los ojos para recibir el beso blando de aquella brisa,
y acuden vagamente a la memoria playas, olas, peñascos, barcos, gaviotas
y sobre todo los horizontes dilatados del oceano que convidan a soñar.
Continuad, continuad con los ojos cerrados; no temáis tropezar con nada;
la calle es ancha y los coches no ruedan por aquel sitio. Durante
algunos momentos podéis meceros sin riesgo en esa grata ilusión marítima
por la cual habéis pagado ya vuestra contribución.

Yo no diré que cuando abráis los ojos os encontréis frente al mar;
semejante exageración serviría tan sólo para desacreditar los
nobilísimos propósitos del poder ejecutivo, dado que éste nunca pensó, a
mi entender, en fundar un oceano en Madrid, y sí únicamente un epítome o
compendio de él. Pero si no frente al mar, os halláis por lo menos
frente a una cantidad de agua que divertirá y lisonjeará vuestras
aficiones marinas, aunque no las satisfaga por entero. Las audacias de
tal masa de agua están refrenadas por unos sencillos muros de ladrillo,
sobre los cuales hay una verja de hierro no muy alta.

Cuando os inclinéis sobre esta verja para examinar de cerca el oceano
del Ayuntamiento, tal vez convengáis con la mayoría de los vecinos de
Madrid en que sus aguas no son lo bastante limpias y claras, y que la
Corporación municipal haría muy bien en renovarlas con frecuencia si se
propone, como es lo más seguro, halagar con ellas los sentimientos
naturalistas y poéticos del vecindario. No obstante, en ocasiones, esas
aguas verdes y cenagosas se rizan blandamente al soplo de la brisa, lo
mismo que el lago más hermoso, y a veces también, en la hora del medio
día, estando el cielo límpido, despiden vivos y gratos reflejos azules.
Le pasa al estanque lo que a las mujeres feas; todas ellas tienen
instantes, posturas o movimientos agradables.

He indicado como lo más seguro que la fundación de dicho estanque débese
a la conveniencia de infundir en el espíritu del pueblo madrileño
ciertas tendencias poéticas y naturalistas.



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