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RIVERITA


NOVELA DE COSTUMBRES

POR

ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID
TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ
Libertad, 16 duplicado

1886

ES PROPIEDAD

* * *

RIVERITA TOMO I: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII

RIVERITA TOMO II: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII,
XIII, XIV, XV, XVI, XVII

* * *




TOMO I



I


La primera noticia que Miguel tuvo del matrimonio de su padre se la dio
el tío Bernardo, persona de extremada respetabilidad y carácter. Tomole
de la mano gravemente momentos antes de comer, y le llevó a su
escritorio, una pieza de aspecto sombrío, llena de cachivaches antiguos,
grandes armarios de libros y cuadros al óleo que el tiempo había
oscurecido hasta no percibirse siquiera las figuras. Las sillas eran de
roble viejo, las cortinas de terciopelo viejo también, la alfombra más
vieja todavía, la mesa de escribir un verdadero prodigio de vejez.
Miguel sólo dos veces en su vida había visto este aposento sagrado y
augusto para la familia. Una vez se lo había enseñado su primo Enrique
desde la puerta alzando discretamente la cortina y mirando con temor
hacia atrás para no ser sorprendido en flagrante profanación. Otra vez
había sido residenciado por su tío en aquel recinto en compañía del
mismo Enrique por haber ambos maltratado de palabra y de obra a la
cocinera de la casa bajo el pretexto infundado de que no eran
suficientes dos peras por barba para merendar. No es fácil imaginar,
pues, el respeto que esta pieza le merecía a Miguel, aunque su
temperamento no fuese demasiadamente respetuoso, según constaba de modo
incontestable en la escuela y en otros diversos parajes de la villa.

D. Bernardo dejó a su sobrino arrimado a la mesa de escribir y comenzó a
pasear silenciosamente y con las manos atrás; sopló con fuerza tres o
cuatro veces, desgarró otras tantas, y dijo al fin parándose un
instante:

--Miguel, tú tienes uso de razón, ¿no es cierto?

Miguel le miró, abriendo mucho los ojos, sin contestar.

--¿Has cumplido los siete años?--manifestó su tío poniendo el concepto
más al alcance del niño.

--Tengo ocho.

--Tanto mejor... En efecto, tu padre se casó diez años después que
yo... hace nueve aproximadamente... Muy niño eres aún para entender
ciertas cosas. ¡Muy niño! ¡Muy niño!

Y D. Bernardo contempló con expresión de lástima a su sobrino, que
apenas podía posar, estirándose mucho, la barba sobre la mesa, y meditó
breves momentos: después continuó paseando.

--Sin embargo, pienso, Miguel, que harás un esfuerzo para entenderme...
¿no es verdad que lo harás?... No es menester que penetres por completo
el sentido de mis palabras, porque en edad tan tierna no es posible;
basta con que te hagas cargo de lo que voy a decirte... de lo que tengo
encargo de decirte--añadió rectificando.--Has tenido la desgracia de
perder a tu madre cuando naciste, de no haberla conocido; era una
verdadera dama, noble, distinguida, de modales muy finos, y que se hacía
respetar de todos. En este concepto, nuestra familia nada tuvo que
oponer al matrimonio de Fernando, por más que tu madre no fuese rica,
que no lo era en verdad: la distinción, los modales, las relaciones
compensan muy bien la falta de fortuna. Mercedes estaba relacionada con
la mejor sociedad de Madrid y sabía hacer los honores de un salón como
la primera. Desgraciadamente para tu padre, falleció al año de estar
unidos, cuando el tapicero no había terminado aún de arreglar los dos
salones que habían destinado para recibir, cuando aún no se habían
repartido todas las papeletas de enlace. Si algo pudo mitigar el dolor
de Fernando, fue el testimonio de respeto que en aquella ocasión se
apresuró a darle la espuma de la sociedad madrileña: más de doscientos
coches particulares siguieron el entierro de la pobre Mercedes; S. M.
mandó el coche de respeto con los lacayos enlutados; después se
recogieron a la puerta más de seiscientas tarjetas de pésame, y a los
funerales que por el eterno descanso de su alma se celebraron en San
Isidro, acudió un sinnúmero de personas de calidad, y en representación
de S. M., el mayordomo de Palacio. Yo presidí el duelo de familia, el
segundo cabo el de militares, y Monseñor Giner el de sacerdotes. Sobre
este punto no hay más que decir: todo fue conforme a los usos
establecidos y a lo que exigía el decoro de nuestra familia.

D. Bernardo se detuvo para echar una mirada a Miguel, quien al compás
que escuchaba a su tío, o no lo escuchaba (que esto nunca pudo
averiguarlo D. Bernardo), daba infinitas vueltas entre los dedos a un
vaso griego de barro que servía de prensa-papeles. Quitóselo de la mano
suavemente, colocolo en su sitio y tornó a recoger con el paseo el hilo
de su interrumpido discurso.

--El dolor que tu padre experimentó fue grande, y supo guardar como
quien es todo el tiempo de su viudez el respeto que debía a la memoria
de una dama tan principal como tu madre. Por espacio de dos años, no
solamente gastó luto él, sino que lo hizo llevar a toda la servidumbre,
al coche y a los caballos; no pisó los salones hasta bien trascurrido el
año, ni recibió en los suyos más que a los amigos de entera confianza;
de este modo se adquiere el respeto y la consideración de la gente. Pero
como las cosas no deben ni pueden llevarse al extremo, pasados dos o
tres años, tu padre entró nuevamente en la vida de la sociedad
distinguida, donde por su nombre, por su grado en el ejército y por su
fortuna tiene derecho a brillar entre los primeros. Entonces empezó a
tocar los verdaderos inconvenientes de su estado. En una casa de la
importancia de la de Fernando una señora es absolutamente indispensable;
tú no puedes comprender esto porque eres muy niño, Miguel, ¡muy niño!...

D. Bernardo consideró de nuevo a su sobrino con profunda compasión.

--La presencia de una señora, de una dama, comunica a la casa cierto
brillo que ni el nombre ni el dinero por sí solos pueden alcanzar. Tu
pobre papá se ha visto privado hace ocho años de dar bailes, comidas, ni
un té siquiera... ¿Quién había de hacer los honores?... Y vuestra casa
es una de las mejores de Madrid, está decorada con mucho gusto, aunque
un tanto abandonada de algún tiempo a esta parte. Es lástima y grande
que no haya podido aprovecharse hasta ahora el espacioso y elegante
salón que tenéis. Además, por lo que he podido observar y han observado
también algunas personas de la familia y de fuera, en casa de Fernando
reina cierto desconcierto inevitable; por buena que sea una ama de
llaves, por buenos que sean los criados, no es posible que atiendan como
corresponde a todos los pormenores... Tu misma educación, Miguel, anda
bastante descuidada al decir de la gente. Me han dicho que juras en casa
como un carretero...

Estas últimas palabras las dijo D. Bernardo con más alta entonación y
parándose frente a su sobrino. Éste sonrió avergonzado; pero al ver que
el tío fruncía las cejas, quedose otra vez serio.

--¡Claro está! un padre por más que se esfuerce no puede conseguir
inculcar a sus hijos ciertas reglas de urbanidad, so pena de no
perderlos de vista un solo instante. Esto sólo puede hacerlo una señora,
una madre... Así que desde largo tiempo vengo aconsejando a mi hermano,
y conmigo toda la familia, y no sólo la familia, sino cuantos amigos se
interesan por él, que de nuevo tome estado, organice su casa sobre el
pie que le corresponde y salve el decoro de la familia... Al fin,
cediendo a mis reiteradas súplicas, y repito que no solamente a las
mías, sino a las de todos sus parientes y amigos, tu papá ha pensado en
dar a su casa una señora y a ti una mamá... Pero entiéndelo bien,
Miguel, sólo por las razones antes apuntadas, no por otra alguna, tu
padre ha consentido en tomar estado... ¿Te haces bien el cargo?....

Miguel le miraba y le remiraba con los ojos muy abiertos, sin moverse;
sentía deseos atroces de irse a jugar con su primo Enrique.

--Ahora bien; lo mismo tu padre que yo, que toda la familia, esperamos
que con la presencia de tu nueva mamá se opere en tu conducta un cambio
favorable; que dejes esos modales, propios de gentuza, no de caballeros;
que no pases el día metido en la cocina, escuchando las sandeces de los
criados; que no te arrastres por los suelos como un perro, estropeando
los vestidos; que seas, en fin, menos cerril y desvergonzado.

A Miguel se le figuró que su tío le estaba insultando, por lo que,
aprovechando una de sus vueltas, le hizo algunas muecas despreciativas,
y, no satisfecho con esto, a otra vuelta una seña harto más grosera que
le había enseñado el lacayo, y que a poder verla hubiera dejado absorto
al respetable caballero.

--Con eso contamos, Miguel, aparte de otros muchos cambios beneficiosos
que en vuestra casa se han de efectuar seguramente, y que tú no tienes
edad aún para comprender..... Y, nada más por hoy. He cumplido el
encargo que tu padre me ha dado, el cual, entre paréntesis, es muy débil
contigo..... ¡pero muy débil! más de cien veces se lo he dicho..... Tú
eres un chico que hay que educar _virga férrea_, y si no, llegarás a dar
muchos disgustos.....

Miguel no entendió el latín, pero calculó bien que aquello debía ser
algo como palos o azotes, y lleno de ira volvió a enseñar los puños a su
tío por la espalda.

--Vamos, vete ahora con tus primos, y cuidado con las
travesuras--concluyó diciendo D. Bernardo mientras empujaba al niño
hacia la puerta.

Era aquel señor alto, seco, aguileño, bajo de color, de edad de
cincuenta años, poco más o menos, pelo ralo y entrecano, cejas espesas,
las mejillas cuidadosamente rasuradas, dejando solamente debajo de la
nariz un exiguo bigote, que cada día iba siendo más exiguo merced a los
trabajos invasores que por entrambos lados llevaba a cabo la navaja: la
expresión de su rostro, severa e imponente, a lo cual ayudaban en no
pequeña parte aquellas cejas pobladas que el buen caballero había
recibido del cielo, y que solía arquear y extender en la conversación de
un modo prodigioso; y en mayor porción todavía cierta manera
extraordinaria de hinchar los carrillos y soplar el aire lenta y
suavemente, que infundía en el interlocutor respeto y veneración.



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